Asombro Corporal

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Hoy hace 120 meses (o diez años), me mude a México. Hace un año y dos días empecé a compartir abiertamente que estaba embarazada. Hace cuatro días, murió la mamá de mi esposo. Es casi inconcebible para mí que en menos de seis meses Yeyo ha perdido a su hijo y a su mamá… y ambos de formas tan inesperadas. Yo sólo sé como ha sido para mí, la partida de mi suegra, María Ofelia Arruti Hernández. Sólo puedo hablar de la manera en que un duelo toca y revuelve el otro. Sólo puedo compartir que cada vez que visualizo a Ofelia de “el otro lado”, la veo con Rafa en sus brazos, los dos sonriendo y disfrutándose. Cada vez que lo imagino, lloro a moco tendido. Son lagrimas de tristeza y alegría, emoción pura. No tengo la menor idea si existe un lugar como el paraíso. Lo dudo. Pero me da tanto consuelo pensar en Rafa con su abuela que me veo forzada suspender mi incredulidad.

Cimg_2176on las secuelas que llegaron después de las noticias de que Ofelia había entrado al hospital durante la madrugada del 8 de enero y en la noche había dejado de respirar y por consecuencia, había muerto, pude reconocer algunos patrones en mi reacciones frente la muerte. Como les conté en la entrada pasada, cuando me confirmaron que Rafa ya no tenía vida, de inmediato mi mente tomó las riendas y quería saber que proseguía. Desde aquí puedo ver que mi corazón no estaba muy presente en aquel momento. Sólo quería saber que hacer: cómo íbamos a lograr que Rafael saliera de mi cuerpo y que yo estuviera “bien” al final de todo. Observé que lo mismo me pasó cuando nos enteramos de la muerte de mi suegra. Brinqué a la acción para buscar boletos a Cancún, cancelar o reagendar citas en los siguientes días y arreglar pendientes con otras visitas que teníamos en casa. No lloré ni lagrimeé. Sólo cuando pensaba en Ofelia conociendo a Rafa la emoción me llegaba por un momento. Supongo que esto es un mecanismo de defensa de mi mente para proteger mi corazón del golpe de la muerte inesperada.

Al día siguiente Yeyo, su hijo, mi cuñada y yo viajamos a Cancún para el velorio. En el avión leí dos libros, ambos escritos por mujeres cuyos bebés murieron. Los dos muy diferentes uno del otro. Hay un capítulo en Bearing the Unbearable: Love, Loss and the Heartbreaking Pain of Grief, escrito por Joanne Cacciatore, que se llama “Grief Broth” o “El Caldo del Duelo”. Ella usa el ejemplo de una sopa que se hizo para una amiga a quien no le gusta el cilantro (hay ciertas personas que tienen un gene que hace que les sepa a jabón el cilantro). Aunque sacaba todas las hojas de cilantro, su amiga no podía quitar el sabor de cilantro de la boca y no la podía comer. Cacciatore dice que esto es como el duelo. Una vez que se ha mezclado en tu vida, nunca se puede quitar el sabor. Un nuevo duelo revive todos los del pasado. Y bueno, en nuestro caso, el dolor de la partida de Rafa no era tan distante. Leer los últimos capítulos de este libro me hizo sentir el corazón y llorar por la muerte de mi suegra y por la muerte de nuestro hijo de nuevo.

En seguida, empecé el otro libro. Es un recuento de una mamá diez años después de la muerte de uno de sus gemelos bebes. Yo encuentro la escritura muy rara. La autora dice en el principio, “Este libro se trata de ti, no de mí… es sobre tu historia a través del lente de la mía.” Y de verdad, a veces está escrito justo en esta voz. Ella escribe en la segunda persona: tú haces esto, tú sientas aquello, tú piensas así. pajaroNo me gusta. Es interesante porque he tenido el impulso de escribir ciertas cosas de esta forma en este blog, pero he estado aprendiendo la importancia de hablar en la primera persona. Ahora entiendo porque. Para mi es casi ofensivo que esta mujer me diga como me siento simplemente porque hemos pasado por una experiencia semejante. Me parece muy impertinente, sobre todo porque sus perspectivas y sentires son muy distintos a los míos. En particular, cuando se trata de la relación que ella tiene con su propio cuerpo.

Escribe: “Te odio, cuerpo. Te odiaré para siempre.” Expresa repetidamente este sentir hacia su propio cuerpo que le “falló” cuando le tuvieron que hacerle una cesaría a las 27 semanas de embarazo. Yo siento exactamente lo opuesto. Mi cuerpo, nuestros cuerpos me asombran. Su forma de comunicarse con la mente, de auto-cuidarse y sanarse, de protegerse y hacer ocurrir cosas que me parecen casi milagrosas.

Está más allá de la comprensión racional el simple hecho de que pude embarazarme tras seis años de intentar y después de que los laboratoristas y médicos me dijeron que nunca iba a poder concebir un bebe. Aunque lo hemos nombrado un milagro muchaimg_4306s veces en nuestra familia, no es algo sobrenatural sino un milagro sumamente encarnado. Rafa creció en mi matriz. Mi cuerpo (como todos los cuerpos de las mujeres embarazadas) hizo el gran trabajo de formar sus órganos, neuronas, su pelo y uñas… todo. ¿Qué cosa tan impresionante? Por supuesto hay mucho que no entendemos de este proceso pero al final de cuentas estuvimos hechas para crear nuevos humanos dentro de nosotras.

Y al contrario de sentir enojo hacia mi cuerpo físico, lo único que siento es admiración y gratitud. A pesar de que el parto de Rafael fue inducido y sin duda fue sumamente doloroso, yo pude dar a luz al cuerpo de mi bebe vaginalmente, sin la ayuda de Rafa y sin intervenciones mayores. No tuve desgarre, ni sangrados anormales. Con la ayuda de la homeopatía y también de medicamento alopático no me bajó la leche. Unas horas después del parto estaba caminando sin problema y me sentía totalmente bien físicamente. Es increíble lo que somos en nuestra expresión más básica: en lo corporal.

Durante y después del embarazo con Rafael, consultaba a muchas mujeres (parteras, herbolarias, dulas, naturopatas) quienes trabajan con las plantas y el mundo natural como guías antiguas. img_4199Cuando pienso en estas plantas-maestras como los regalos del cuerpo de este planeta, nuestra Madre Tierra, reconozco una resonancia entre el asombro que siento por mi propio cuerpo y por el gran cuerpo de la Tierra. Estamos todos hechos para estar sanos y conectados con nuestra sabiduría. Lo único que tenemos que hacer es confiar en el bienestar inherente a nuestros seres. Las plantas no nos curan ni arreglan, simplemente apoyan para hacer más eficiente lo que ya hacen nuestros cuerpos. Para mi, la sinergia entre el mundo herbolario y nuestros cuerpos físicos es un tipo de magia.

Cuando era adolescente, mi cuerpo me desesperaba. Quería ser más delgada, más pequeña… diferente… otra. Nunca me sentí satisfecha con mi figura. Después de parir a Rafael, me vi en el espejo y me prometí nunca denigrar mi cuerpo más, me prometí dar las gracias cada día a esta forma física fuerte que la vida me ha prestado. Entonces, yo no culpo de nada a mi cuerpo por la muerte de Rafa. No sabemos porque se nos fue.

Doy mucho agradecimiento por la vida y el cuerpo de mi suegra. Aunque ella sufría físicamente en sus últimos años, sé que disfrutaba la vida. Siempre estaba sonriendo, con toda su cara, especialmente sus ojos. Aunque su espíritu ya no está encarnado, aquí con nosotros, qué bendecida me siento por el hecho de que vivió y de que dio vida a sus tres hermosos hijos. Rafa no hubiera existido sin su abuelita Ofe. Espero que estén contentos ahí donde sea que estén… riendo a carcajadas.

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Yeyo y su mamá, Ofelia.
Fotos por Sergio Fernando Beltrán Arruti, Craig Dunford y María Caire.

2 thoughts on “Asombro Corporal

  1. El otro día, cuando llegué en Buenos Aires, Argentina y vi a mi gran dula y amiga, Julieta Kohan, estaba quejándome un poquito. Le dije, “No me estoy sintiendo tan contenta con mi cuerpo ahora.” Y ella me acordó de un pacto que hicimos después del parto: nos comprometemos de que nunca más íbamos a hablar mal de nuestros cuerpos. Yo me quedé tan agradecida con mi cuerpo maravilloso después de parir al cuerpo muerto de Rafael que me prometí que siempre lo agradecería y lo cuidaría. Ahora me acuerdo.

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